Un buen son que cale hondo en quien lo escucha

Redacción Suenacubano | 9/SEP/2020

Valoraciones de Pancho Amat expuestas en el programa televisivo El potaje dedicado a los géneros musicales autóctonos cubanos.

El son constituye una de las formas básicas de la música tradicional cubana. Surge en la región oriental y tiene su época de esplendor a partir de la década del 20 del pasado siglo. A partir de sus trasformaciones más relevantes toman auge la diversidad de formatos que asumen el género, como tríos, septetos, conjuntos, además de las modalidades o variantes, entre ellas, el son montuno, el changüí guantanamero, el sucu sucu (de la Isla de la Juventud), el son habanero, la guajira-son, el son-guaguancó y otras relaciones establecidas en el quehacer de autores como Miguel Matamoros, Ignacio Piñeiro y Arsenio Rodríguez.

Para Pancho Amat, uno de los cultores del son cubano, la forma primigenia del género surge de la alternancia de un estribillo con un solista. “Podemos remitirnos a Faustino Oramas, El guayabero (cuyos músicos acompañantes cantaban: “Ay, mamá, cómo vengo este año”, y él respondía: Este año no vengo distinto”). Ese es un modelo bien básico y original. Hay otro modelo que tiene la alternancia del coro y el solista, pero en la segunda mitad, al principio se cuenta una historia.

“De esta manera hay una introducción, cuentan una historia que desemboca en el estribillo que resume la idea. El improvisador debe subrayar el resumen que sintetiza el coro. Por lo regular, cuando se desarrolla el montuno, ese coro se reduce a la mitad”. De acuerdo con el director del Cabildo del Son, Matamoros no reducía el coro en su época, a diferencia de cualquier compositor o arreglista contemporáneo.

Una música de confluencias

Al exponer algunos detalles de la conformación histórica del género en el programa El potaje, de la Televisión Cubana, Amat señaló: “Cuando tenemos en La Habana a Ignacio Piñeiro, el son recibe préstamos de otras músicas, por ejemplo, los bongoseros que no tenía cuando tocaba con Matamoros, la clave que llega al Septeto Nacional sobre todo de los rumberos.

“Por la clave se empieza a imponer, si se quiere, cierta tiranía. Cuando ya empiezas a hacer una canción más rica armónica y melódicamente, hay que tener cuidado con la clave para que las melodías queden marchando de manera correcta. Piñeiro lograba esa empatía entre clave y melodía, pero siguió conservando curiosamente las voces prima y segunda, al estilo de la trova de Santiago de Cuba”.

Asimismo, el estudioso de especialidades como Guitarra Clásica, Armonía, Contrapunto, Orquestación y otras, explicó: “La sonoridad más cercana a la tradición es aquella donde está presente el elemento lúdico del tumbao (un tipo de melodía que sintetiza melodías europeas y sonoridades africanas). El tumbao (una invención cubana) caracteriza al son. Así como el son ha recibido préstamos, también él ha sido prestado a otros géneros. Por ejemplo, el danzón, en un momento determinado, hecho mano del son y se le incorporó un montuno detrás.

La magia y los misterios soneros

Puntualizó el Premio Nacional de Música 2010: “lo fundamental es tener en cuenta que lo básico del son es esa alternancia de coro y estribillo, por ese motivo el son debía construirse de atrás para adelante. No quiere decir que tenga que hacerse así religiosamente, pero lo primero que debe tener claro el autor es buscar un estribillo que resuma la idea de la canción. El estribillo debe estar bien salpimentado, tener gracia, ser impactante en lo que está diciendo, de manera tal que cale en aquel que lo está oyendo. Lo que nosotros decimos «que se pegue»”.

Al referir un compositor consagrado en el ABC del género, distinguido por la excelencia de su singularidad artística, Pancho Amat se refirió a la obra del Caballero del Son. “Adalberto Álvarez tiene temas intimistas, con cierta melancolía, y el coro sigue por ahí; sin embargo, son temas que calan en la gente. Esa es la magia, así son los misterios de la música”, valoró el tresero.

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