Bola de Nieve y su gran sensibilidad

Dana Caballero | 11/SEP/2020

El paradigmático artista cubano compuso e interpretó piezas con una gracia y ternura inigualables.

Cuando la gran diva de la canción francesa Edith Piaf fue invitada a actuar en 1956 en el Circuito CMQ, aprovechando su contrato en el cabaret Sans Souci, de La Habana, ella logró estremecer a los cubanos no solo con su arte exquisito. Muchos conocían que la intérprete era muy modesta y socializaba de manera amena con quienes encontraba a su paso, pero aquella vez sorprendió a la gran audiencia del programa El Casino de la Alegría tras cantar “La vie en rose” (“La vida en rosa”). La estrella internacional confesó sentir pudor al cantar esa canción en la tierra de Bola de Nieve, “el mejor intérprete de esta pieza”, dijo.

Tan conmovedora declaración de Edith Piaf nos remite a la vívida imagen de Bola de Nieve, siempre acompañado de su piano, interpretando con esa voz natural, única, entrañable, y las notas acompasadas de sonidos exquisitos, reveladores, intensos, creaciones tan bellas como “Drume negrita”, “Si me pudieras querer”, “Vete de mí”, “Ay, amor” y otras igualmente memorables.

Verdaderas estrellas de la cultura cubana fueron Bola, Rita Montaner y Ernesto Lecuona, estos dos últimos extasiados desde el primer instante y para siempre con la sensibilidad y el virtuosismo del inmortal creador de “Mamá Inés”, canción que nadie ha cantado como La Única. Como parte de la Compañía de Lecuona, Bola deslumbró al público y a la crítica cultural en los espectáculos realizados en países de América, Europa y Asia desde finales de los años 30 del pasado siglo.

Durante la década de los años 40 compartió escenario con grandes artistas como la española Conchita Piquer; los norteamericanos Teddy Wilson, Art Dayton y Lena Horne; los brasileños Ary Barroso y Dorival Caymmi; la argentina Libertad Lamarque. Entre las figuras cubanas con las que también trabajó en variados espacios culturales, de la radio y la televisión en Cuba estuvieron Esther Borja, María de los Angeles Santana, Rosita Fornés y otras.

Más allá de que por su impactante presentación en el Carnegie Hall, en Nueva York, en noviembre de 1948, lo compararan con Nat King Cole o Maurice Chevalier, allí uno de los más grandes “milagros” obrados por el arte de Bola de Nieve fueron las veces que él debió salir al escenario porque el público no dejaba de ovacionarlo. Y como si fuera poco, Paul Robeson quiso visitar al cubano en el camerino para cantarle y retribuirle las emociones de ese concierto.

Con la misma humildad de Edith Piaf, Bola de Nieve nunca se envaneció con su grandeza. En estas declaraciones suyas resumió esa cualidad tan enaltecedora de ser simplemente una persona sensible: “Creo que lo que mejor me califica es mi personalidad de intérprete. No soy exactamente un cantante, sino alguien que dice las canciones, que les otorga un sentido especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación. (…) Yo soy la canción que canto (…)

Yo entiendo por arte dar las cosas como uno las siente, poniendo al servicio del autor la propia personalidad, y establecer esa corriente que hace que el público ría o llore, o guarde silencio”.

 

Fuentes consultadas:

Bartolomé Barguez, Carlos (2019). Los musicales en la radio y la televisión cubanas (1950-1959). La Habana: Ediciones En Vivo.

Bola de Nieve”, artículo disponible en Ecured.

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