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‘Lo más importante es ser original’: Chucho Valdés

Santiago Cembrano | 12/SEP/2017

El pianista cubano viene de gira en el mes del jazz. Estará en Medellín, Cali y Bogotá.

La educación musical que tuvo el pianista de jazz afrocubano Chucho Valdés es difícil de igualar.
Su padre, Bebo Valdés, una leyenda de la edad de oro de la música cubana, le enseñó todo lo que sabe del instrumento. Y su madre, Pilar Rodríguez, era profesora de piano y cantante.

Por su casa pasaban los más ilustres artistas de la isla. Fue al Conservatorio de La Habana a aprender piano clásico y las obras de Bach, Mozart y Chopin. Pero nada de eso le dio el ingrediente clave: la creatividad.

“Eso no hay escuela que lo enseñe, es innato”, dijo el músico de 75 años en entrevista con EL TIEMPO: “¿En qué escuela estudió Thelonious Monk? Su genialidad venía con él, y eso es lo más importante. En la música lo más importante es encontrarse a uno mismo y no copiar, ser original. Eso vale más que ser un gran técnico, porque hay algunos a los que no se les ocurre nada”, agregó.

Valdés se presentará en el Teatro Metropolitano, Medellín, el viernes 15 de septiembre (8 p.m.), en el Teatro Municipal, Cali, el sábado 16 (8 p.m.) y en el parque El Country, el domingo 17 (7:55 p.m.), Bogotá. Todos estos conciertos en la actual temporada de jazz, este mes, en el país.

Viene de una gira por Europa con Gonzalo Rubalcaba, al que llama uno de los mejores pianistas cubanos de toda la historia. Tras su paso por Colombia, seguirán a Asia y grabarán un disco.

El pianista, compositor, profesor de música, arreglista musical y fundador del grupo Irakere en 1967, ha ganado ocho premios Grammy: seis anglo y tres latinos. Así es Valdés: ha hecho música toda su vida y no piensa parar pronto.

Creció en una familia muy musical, ¿cómo era ese ambiente?

Lo primero que vi fue un piano y a mi papá tocándolo; a mi madre, tocándolo y cantando. Eso fue parte del medio ambiente. Y a los tres años, según ellos, ya empecé a tocar el piano. A tocar, no a ponerle los deditos, a tocar. Y los músicos cubanos, los más importantes, venían a mi casa a hablar con mi padre.

Usted ha hablado de la importancia de abrirse a muchos géneros musicales. Aparte de lo que hace, ¿qué géneros lo han influenciado?

Crecí oyendo muchas cosas diferentes que me influenciaron. Mi papá era uno de los grandes músicos en la historia de Cuba y trabajaba en el Cabaret Tropicana, donde para poder tocar el piano ahí tenías que conocer y saber mucho, porque cada seis meses cambiaban las producciones y podían ser de cualquier lugar del mundo.

Él sabía de todo y me enseñó eso. Lo clásico lo estudié en el conservatorio y también aprendí de la música religiosa cubana yoruba; el son y la contradanza me las enseñó mi padre desde que era niño. Él pensaba que si algún día tenía un trabajo como ese, debía saber mucho. Me decía: “Oye a todo el mundo, pero búscate a ti mismo”.

Usted es profesor. ¿Por qué le gusta enseñar?

Por dos razones. Primero, independientemente de la música, estudié la carrera en el magisterio, cuando aún era muy joven, pues ingresé a los 15 años.

La pedagogía del magisterio me ha ayudado mucho para transmitir mis enseñanzas, cómo comunicarme. Es una carrera muy bonita. Aprendí a tratar las diferentes personalidades de cada alumno, manejar las distintas velocidades. Por todo eso, ya me han dado tres doctorados honoris causa.

También dando clases puedo aprender de las ideas de los muchachos, cómo se desarrolla la música. Sigo investigando lo que pasa en la música del mundo.

¿Cómo era el trabajo de composición con Irakere y trabajar junto a artistas como Paquito D’Rivera y Arturo Sandoval?

Trabajar con esos músicos es una de las experiencias más bonitas de toda mi vida. Tenían unas condiciones fuera de serie, eran excepcionales, yo los considero genios. A ellos y a todos los del grupo.

Eso me obligó a trabajar fuerte, en el sentido de llenar las expectativas que tenían sobre mí como compositor. Irakere es una de las bandas más importantes de la historia de la música cubana del siglo XX.

Eso allí era como un laboratorio. Alguien podía tener una idea y la llevaba al análisis en el ensayo, y cada uno hacía un aporte sobre el trabajo. Con esos aportes afinábamos la idea.

Nos quedábamos mucho tiempo preparando algo, pero cuando lo teníamos era casi perfecto.

Ensayábamos de 6 a 8 horas diarias, pero no como castigo sino para deleitarnos haciendo música. Así marcamos con Irakere un nuevo camino para la música cubana.

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Tomado de El tiempo

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