foto: Cortesía de Marino Luzardo

Maridalia Hernández: más que una voz popular

Marino Luzardo | 10/NOV/2013

La excepcional cantante dominicana deleitó a los cubanos con su impresionante voz y su carisma sin par

Sería un crimen no comentar lo que acabo de ver en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional. Ya he declarado en otras oportunidades lo afortunado que somos los que defendemos la profesión que abrazo por estar en contacto directo con grandes sucesos e inmensas figuras.

Acaba de finalizar el Encuentro de Voces Populares en su segunda edición. Para el cierre se había reservado la presencia de Maridalia Hernández, voz que llegó a nosotros, como ya dije en un artículo anterior sobre el evento, a través de la orquesta 440. Bajo la batuta de Juan Luis Guerra se hizo notar su peculiar talento y un buen día decidió emprender su camino en solitario por la música. Ya de solista llegaron algunas grabaciones, pero realmente muy pocas. Luego un suceso gris en su carrera asociado a contratos poco provechosos le obligaron a estar quince años sin grabar. De esto nos enteramos al conocerla en el programa Al Mediodía de la Televisión Cubana, espacio al cual acudió en medio de un malestar que afectaba su voz. Temía por su presentación al otro día en el Teatro Nacional.

Al terminar de presentarla ante el público corrí rápido a mi butaca. No me quería perder ni un detalle. Creo que ella tampoco. Estaba tan llena de Cuba que no hizo más que terminar su primer tema y comenzó a hacer historias que unían su vida con nuestro país. Confesó que había sentido una gran alegría al conocer a Argelia Fragoso y explicó por qué. Los que pasan de los 40 recordarán que Argelia, presidenta de este encuentro, fue quien interpretó el tema del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en 1978 “En busca de una nueva flor”. Pues bien, Maridalia fue seleccionada por su país para venir y sus padres le negaron esa posibilidad, la dejaron como ella misma afirmó “con el moño hecho”. Nos sorprendió a todos al interpretar, después de tantos años, un fragmento de ese tema y agradeció la posibilidad de estar por primera vez en la mayor de Las Antillas.

Aclaró que sentía cierto temor por ofrecer al público un repertorio que no era del todo conocido aquí, pero que era hora de mostrar su nuevo trabajo. Acompañada de una banda excelente, se dejó llevar y nos ofreció poco a poco su poderosa voz. Y fue una verdadera sorpresa escucharla adornar temas  de autores cubanos, entre los que se encontraban: Evelyn García Márquez, cuya composición fue arreglada por el maestro Gonzalo Rubalcaba; David Torrens, Amaury Gutiérrez, Adalberto Álvarez y Eliseo Grenet.

Derrochando simpatía, sabrosura y una energía realmente impresionante hizo gala de sus habilidades para comunicarse con el público, que le devolvió amor y aplauso infinitos. El más auténtico merengue inundó cada rincón de la Covarrubias alternando con baladas y boleros que arrancaron muy merecidas ovaciones. Mención aparte merece su exquisita versión de un clásico nuestro como “Drume Negrita”, que puso a todos de pie al reconocer que había hecho una verdadera creación.

Momento también sublime fue el compartido con el maestro Rey Montesinos, con quien en muy poco tiempo montó dos boleros con aires de filin, los cuales llevan la firma de reconocidos compositores dominicanos y fueron muy bien recibidos.

Como era de esperar, no faltaron temas como el que le dio el triunfo en el Festival OTI, “Te ofrezco”; su himno, que la hizo brillar en Viña del Mar y del cual no puede desprenderse, “Para Quererte”; y aquellos éxitos de la 440 correspondientes a su estancia en la agrupación, entre ellos la estelar versión de “A Bayamo en Coche”, titulada “A Santiago en coche”, porque toma como referencia la segunda ciudad en importancia de su país: Santiago de los Caballeros.

Resumiendo, un cierre de lujo que superó, estoy seguro, las expectativas de los más escépticos y exigentes. Fue grato ver tanta profesionalidad, humildad y sencillez. Sin poses ni artificios, solo entregándose entera, llegó al corazón de los privilegiados que nos encontrábamos en la sala. Ella también pudo comprobar que tuvimos la memoria viva para recordarla, la paciencia suficiente para esperarla y el corazón abierto para quererla.

Una vez terminada la función se le vio feliz tras bambalinas. Al abrazarla sentí su corazón latir al compás de un merengue y un son, resultado de esa magia que solo se logra ante un aplauso estremecedor, que por supuesto, suena cubano.